domingo, 12 de junio de 2011

El silencio de la verdad

—Ahora tápate los ojos con un pañuelo o algo —me pidió— que yo ahora vengo.
Me empezaba a asustar, no sabía lo que iba a pasar en los minutos siguientes. Hice lo que me pidió, cogí un pañuelo y me tapé los ojos y, con mucho cuidado, me senté en la cama y subí los pies. Sólo tenía que esperar a que viniera.
—¿Te has tapado los ojos? —gritó desde la puerta.
—Llevo ya media hora —exageré un poco.
Noté cómo se sentaba en la cama, frente a mí. Olía a muchas cosas juntas, no podía distinguir ninguna y no sabía qué era.
—Tienes que adivinar qué es cada cosa —me explicó.
Me metió algo en la boca y no tuve más remedio que comérmelo. Era muy fácil.
—Es manzana —respondí.
—Vale… ¿y ahora? —me quedé pensando, era más difícil.
—¿Mandarina?
—Sí ¿y este? —me dio otra cosa.
—Mmm… esto es una nuez.
Estuvimos así aproximadamente cinco minutos, me dio más cosas y las reconocí todas, en algunas dudé, pero al final las averigüé.
—Pero ahora quiero algo diferente, ¡porfa! —sonreí mientras lo decía.
No se escuchaba nada en la habitación, no sabía lo que pasaba, porque aún seguía con los ojos vendados.
—Toma —al fin dijo algo.
—¡Ferrero Rocher! —exclamé.
Se sorprendió de que lo supiera, o eso me pareció, porque yo no veía nada.
—Eso no es diferente, quiero algo que me sorprenda, que… —me quedé pensando.
Noté cómo algo rozó mis labios. ¡Me besó! Eso si me sorprendió bastante, no me lo esperaba. Cuando terminó de besarme me quité el pañuelo, él estaba como si no hubiera pasado nada. No hice ningún comentario al respecto.
—Vale, ahora te toca a ti ponerte el pañuelo —le dije mientras yo se lo ponía. Tenía una sonrisa en la cara, le di varias cosas y las adivinó, se me ocurrió una idea.
—Ahora vengo —dije.
Fui a la cocina a por un bol con gominolas y volví al cuarto.
—Esto no lo vas a adivinar —le piqué.
—Es un ladrillo —acertó.
—Eso no vale… tú te sabes todas las gominolas que hay —le eche en cara.
—No te quejes, que tú has adivinado todo —parecía molesto.
—Sólo era una broma —cambié el tono.
—¡Otro! —exclamó para cambiar de tema.
Regaliz —dijo con cara de asco— ahora se me va a quedar el sabor.
—Toma —le di un Ferrero Rocher.
—Mmm… ¡Ferrero, Buenísimo! —dijo lamiéndose— pero dame otra cosa.
Le devolví el beso que me dio y estábamos en paz.
Deseé que existiéramos únicamente él y yo, pero no era así. Por desgracia nos interrumpió un mensaje de móvil.

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